Cofinanciado por el Istituto Italiano di Cultura de Barcelona

Cocinar para Adele Madau es como leer una partitura. Hay unos tiempos, igual que en la música: el borboteo del agua cuando hierve, el chup-chup que indica que ya está listo un guiso o el ruido del vino al acariciar el cristal de una copa. Todo suena, todo es melodía…, incluso batir un huevo. Mientras cocina, en su cabeza suena una música que acompaña a cada plato. Primero imagina una historia, luego crea el plato y la música conjuntamente, igual que un director de teatro. Es un acto de imaginación total. En tanto me describe los sonidos y los sabores, mentalmente me deslizo atrás en el tiempo, a la noche en que navegamos de Málaga a Lisboa anclando en cada puerto, remando con nuestras cucharas, levando las servilletas a un viento que ella misma reproducía rasgueando una concha contra las cuerdas de su violín, ora una copa vacía. Que corra el vino a voluntad… A Adele la conocí por una de esas mágicas ‘causalidades’ que llevan a alguien acostumbrado a engullir más que degustar a encontrarse sentado a la mesa con diez desconocidos en una suerte de estudio de teatro y música llamado La Palomera. Ella nos vino a recibir a la puerta con su gorro de chef a modo de capitán de lo que no sabía iba a ser mi primera travesía de sentidos. Curioso que solo tres de mis compañeros supiera qué nos deparaba aquel viaje: una promotora cultural ataviada con un singular vestido africano, una poetisa muy silenciosa y una tal Lola, que era todo lo contrario, y quería ser cantante. El resto de la tripulación la componían un pintor brasileño, que venía solo y no conocía a nadie, una directora de teatro holandesa y un músico afrobrasileño con unas rastas largas pareja de la promotora, que hacía las veces de maestra de ceremonia y traductora para un matrimonio de australianos, él director de una radio aborigen en no recuerdo que ignoto lugar de Australia. Y luego estábamos nosotros, sentados a la mesa, en tanto que Adele presentaba los platos y nos ordenaba callar tocando una campanilla una vez estaban servidos, y entonces izaba las anclas y empezaba la travesía. Málaga es gazpacho tibio con marisco. El puerto de Olbia en Cerdeña, mejillones y pasta fresca. A Atenas llegamos a nado; entre las redes de los pescadores, dorada al horno con aceitunas, y en Lisboa no había fados, sino un dulce jolgorio helado de parfait de sabayón al vino de Oporto. Qué sensación tan rara sentir que el tiempo se congela, que comes con los ojos cerrados, que comes como si te apeases de un velero y cuando tu tenedor se enrolla en el último fideo, cuando solo quedan espinas en el plato, te subes al barco y leva de nuevo anclas. Adele orquestaba para nosotros una melodía que era un solo de violín con una base de murmullos registrados en su cocina. En el tiempo que duraba la escala, yo, lo admito, no jugaba del todo limpio, y me dedicaba a observar a los otros comensales. El pintor, por ejemplo, entornaba los ojos y tamborileaba sobre la mesa mientras se llevaba la cuchara a la boca, lentamente; la promotora se mecía, igual, pensé, que debía hacerlo cuando en alguno de sus viajes, que entre platos nos relató, descubría un conjunto de música que la maravillaba; la poetisa se concentraba en la comida igual que si leyese, el australiano oteaba a su esposa al otro lado de la mesa y ésta miraba al pintor, y la directora teatral observaba fijamente a Adele, que orquestaba para nosotros una melodía que era un solo de violín con una base de murmullos registrados en su cocina. Y yo no dejaba de preguntarme –y creo que fue algo que todos hicimos en algún momento-, qué lleva a una violinista italiana a saltear corcheas y almejas, a utilizar los fogones igual que un pentagrama. Todo empezó con un enfado. Ocurrió alrededor del año 2002. Adele Madau vivía en Roma y tocaba en clubs de toda Italia acompañada de una acordeonista, cuando estalló la crisis en el país y los propietarios de las salas empezaron a reclamar a los artistas que se ocupasen ellos mismos de traer asistentes. Después de que anulasen un concierto en un café literario, pensó que si tenía que buscar ella misma a su público prefería llevarlo a su casa y comenzó a organizar pequeños conciertos en su salón donde incluía una degustación de productos de la isla de Cerdeña, lugar en el que nació. Las soirée tuvieron tanto éxito que decidieron incluir un plato de pasta y, poco a poco, acabaron ofreciendo una cena completa. Hasta entonces Adele nunca había cocinado, pero a medida que sus cenas musicales crecían fue apasionándose por la cocina y los ruidos que nacían de la elaboración de los platos, descubriendo mil y una conexiones entre el arte de la música y el culinario. Ahora ya no únicamente tocaba y servía una cena, sino que integraba una improvisación experimental entre los platos trayendo los ruidos de la cocina, interpretando con los objetos con los que había elaborado la cena, solo para ver cómo el público reaccionaba. Y resultó que también los comensales quisieron participar con sus propios ruidos, los que emitían cenando, y ella les hacía fingir voces o leer textos. Después de todo un año de trabajo y experimentación, escogió las mejores sonorizaciones y platos y creó diez cenas sensoriales inspiradas en anécdotas de su vida. Uno de sus proyectos es crear una experiencia de música y gastronomía en torno a la Odisea de Homero. Su imaginario fue creciendo a través de los viajes, registrando los sonidos del tráfico en la India, los cantos en los templos o el murmullo de los mercados… Contaba anécdotas personales con sus guisos, creaba historias sobre Italia o sobre el amor, e incluso cocinó su autobiografía, rescatando las recetas de su infancia. Y al igual que la protagonista de Como agua para chocolate, sus sensaciones y nostalgias especiaban sus comidas a través de sonidos y sabores. Estamos sentados en un café. Ella sigue contándome sobre sus sueños. Me habla de la poesía de Leopardi y de inventar una cena sobre la Odisea de Homero. Y mientras lo hace, me viene a la memoria una frase de Miró, cuando dice que la cocina es arte si cuenta historias como lo hace el pintor en sus cuadros. Su más reciente proyecto es una viaje alrededor del mundo para explorar el imaginario de maestros cocineros de otras culturas. La primera travesía de La Palomera Music & Cooking Festival zarpó de Los Andes y aterrizó en la Luna. Quién sabe adónde más nos llevará el próximo mantel. Yo por si acaso ya he comprado mi pasaje, tengo apunto mi cuchara y un pasaporte en el paladar. Bon appétit!

Beatriz García

(Barcelona, 1983). Editora de Láudano Magazine. Periodista, escritora y locutora de radio. Es autora de la novela ‘El silencio de las sirenas’, publicada por Salto de Página.

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